Mientras gran parte del país intenta avanzar hacia una Justicia independiente y una política sin impunidad, el justicialismo sanjuanino, con José Luis Gioja a la cabeza, vuelve a cerrar filas en defensa de Cristina Fernández de Kirchner, la dirigente con más causas judiciales por corrupción de nuestra democracia reciente.
Esta vez, Gioja, el eterno operador del viejo peronismo que se resiste al retiro, salió a denunciar una supuesta “proscripción” ante el rumor de una posible detención de CFK. “En democracia estas cosas no pueden pasar”, dijo, como si el sistema republicano debiera blindar a los poderosos por su pasado político, sin importar el peso de las pruebas.
Más grave aún es el mensaje implícito: para Gioja, los fueros políticos valen más que los fallos judiciales. Defender a Cristina no es un acto de lealtad partidaria, es una declaración de principios: la Justicia solo sirve cuando no toca a los suyos. Y con esa lógica, no sólo protege a una dirigente que está al borde de la condena, sino que legitima la corrupción como parte constitutiva del proyecto político que representa.
Pero Gioja no está solo. Sergio Uñac, también exgobernador y hoy senador nacional, nunca ocultó su lealtad a CFK. La misma lealtad que Cristian Andino replicó como candidato a vicegobernador en 2023, primero de Sergio y luego de Rubén Uñac, siempre alineado al kirchnerismo más duro. Uñac y Andino, igual que Gioja, construyeron poder bajo el ala de Cristina y ahora no dudan en defenderla, incluso si eso significa atacar a la Justicia o negar la evidencia.
El PJ de San Juan no dice nada sobre las pruebas en la causa Vialidad. No se inmuta frente a las evidencias de sobreprecios, direccionamientos de obra, o el entramado de negocios sucios entre Estado y amigos del poder. Pero al primer rumor de una decisión judicial, grita “golpe institucional”. ¿Qué democracia defienden? ¿La de los pactos de impunidad? ¿La del doble estándar moral?
Y mientras el país exige otra cosa, Gioja se relame: ya sueña con volver al Congreso como diputado nacional. A sus 75 años, su único proyecto político parece ser seguir siendo útil al aparato que lo sostuvo siempre. Su campaña, queda claro, no será con propuestas: será con escudos. Defenderá a CFK como antes defendió a los barones del conurbano, a los jueces amigos, y a cada eslabón del sistema que lo mantuvo a flote.
Este no es un caso aislado. Es el reflejo de un peronismo que se mira el ombligo, que niega sus errores y que prefiere victimizarse antes que rendir cuentas. Mientras tanto, millones de argentinos esperan algo distinto: dirigentes que respeten a la Justicia, no que la ataquen cuando les incomoda.
No hay proscripción cuando hay pruebas. No hay persecución cuando hay delitos. Lo que no puede seguir pasando en democracia es esto: que quienes deberían dar el ejemplo, sigan defendiendo lo indefendible.