En el peronismo sanjuanino las cartas parecen estar sobre la mesa, aunque algunos todavía no lo quieran admitir: si hay un dirigente que puede representar al PJ con verdadera identidad, ese es Fabián Gramajo. Y no lo decimos solo nosotros, lo dice la gente. Basta caminar por Chimbas para ver cómo dejó su sello de gestión: obras, servicios, urbanización y un municipio que cambió la cara después de años de abandono. Gramajo convirtió a su departamento en un lugar mejor para vivir, y eso, en política, vale más que cualquier discurso vacío.
Del otro lado está Cristian Andino. Su historia política es la de un oportunista serial: arrancó de la mano de José Luis Gioja como director de OSSE, después se acomodó con Sergio Uñac como intendente de San Martín y ahora cobra como asesor en el Senado. En el camino, pasó de ser giojista a uñaquista, y cuando le conviene, se disfraza de kirchnerista fervoroso. Nunca fue peronista de verdad. Andino es Uñac, no el PJ.
El contraste es evidente. Mientras Gramajo representa el trabajo territorial y la gestión concreta, Andino representa la rosca y el panquequismo político. Hoy lo vemos subiéndose a escenarios, sonriendo en actos y haciéndose el candidato, pero puertas adentro cada vez son más los que admiten que el peronismo quiere otra cosa. Quiere un representante que sienta el partido, que no tenga que pedir permiso en Buenos Aires ni esperar la bendición de Uñac para mover un dedo.
Por eso el nombre de Gramajo crece día a día. Su trayectoria lo respalda, su gestión lo avala y su compromiso con la gente es real. En cambio, la única gestión conocida de Andino es la de acomodarse donde le conviene y criticar a los mismos a los que ayer le pidió trabajo.
Si el PJ quiere recuperar la confianza perdida, necesita un candidato que represente al peronismo y no a los caprichos de un exgobernador en retirada. Y ese candidato no se apellida Andino.