El peronismo sanjuanino anunció que tendrá internas abiertas para definir a sus candidatos. Lo dijo con bombos, platillos y comunicados oficiales. Pero apenas uno lee la letra chica, todo se desarma: la verdadera intención es que no haya competencia, que no se vote, que todo se “consense”. Es decir, que las candidaturas se definan entre pocos, en alguna oficina cerrada, con café, rosca y un pizarrón.
No hay que ser mal pensado para notar la contradicción. El PJ habla de democratizar, pero se mueve como siempre: evitar las urnas a toda costa. Porque las urnas son impredecibles. Porque en una interna real puede ganar cualquiera. Y porque en este momento, lo último que quiere el peronismo es mostrar cuán dividido está.
Los intendentes piden unidad. Pero unidad no es cerrar una lista entre cinco. Unidad sería permitir que compitan, que debatan ideas, que salgan a buscar votos dentro de su propio espacio. Pero claro, eso requiere algo que el PJ sanjuanino perdió hace rato: confianza en su propia gente.
Hablan de internas, pero negocian cargos. Hablan de abrir el partido, pero reparten candidaturas entre los de siempre. Hablan de renovar, pero todos los nombres suenan a repetidos.
Mientras tanto, la sociedad mira desde afuera y ya no compra el acting. Porque la unidad vacía no representa a nadie. Porque el consenso sin discusión no entusiasma. Y porque cuando decís que va a haber internas, pero hacés todo para que no haya, lo que queda claro es que el miedo no es al rival externo. El miedo es a la propia democracia interna.
Y ese miedo, tarde o temprano, se paga en las urnas. Las de verdad. Las que no se arman con rosca, sino con votos.