El domingo pasado fue otro golpe para el peronismo: en provincias como Chaco, Salta, Jujuy y San Luis, el PJ volvió a recibir un mensaje claro en las urnas. Perdió terreno, bancas y poder. Aunque desde algunos sectores intentan disfrazar el resultado como “una jornada triste” —como dijo el gobierno de Kicillof— o relativizarlo con frases insólitas como la del sanjuanino Walberto Allende sobre los “pantalones chupines”, la realidad es que el peronismo ya no conecta con la mayoría.
En San Juan, mientras tanto, reina la desorientación. No hubo elecciones, pero sí mucho ruido interno. El PJ local sigue fragmentado, con dirigentes que viajan a Buenos Aires para ver si consiguen una foto, otros que critican a los que fueron, y los de siempre, que siguen peleando por espacios de poder. Nadie habla de ideas. Nadie habla de futuro. Todos miran el 2025, pero con el espejo retrovisor.
En contraste, gobernadores como Claudio Poggi en San Luis, Gerardo Morales en Jujuy o el propio Marcelo Orrego en San Juan —que sin elecciones este domingo mantiene altos niveles de imagen positiva— muestran otra lógica: la de la gestión, la de un rumbo, la de un liderazgo sin tanto acto y más acción. Hoy, eso parece pesar más que los discursos épicos.
La pregunta que empieza a hacerse inevitable es si este escenario es apenas un mal día o la antesala de lo que puede ocurrir en las elecciones de octubre. ¿El PJ entenderá el mensaje? ¿Podrá ordenarse en San Juan o seguirá profundizando sus divisiones? ¿Hay proyecto o solo hay internas?
Mientras tanto, la gente vota. Y castiga.